Más de cuatro décadas después de su irrupción en el
cine, el muerto viviente ha
conquistado el prime time televisivo
con The walking dead, una de las
series de más éxito en la actualidad. Coincidiendo con el inicio de la tercera
temporada, recordamos el origen de este mito del cine de terror moderno.
Por
Moisés Martín Gómez
Hace
tiempo que asistimos a una fiebre zombi
en todos los ámbitos de la cultura popular. Los muertos vivientes, surgidos del
cine, han invadido los videojuegos, la televisión e incluso la literatura. Su
mayor conquista, seguramente, ha sido acceder al prime time televisivo con The
walking dead, la serie impulsada por Frank Darabont a partir de las novelas
gráficas escritas por Robert Kirkman e ilustradas, sucesivamente, por Tony
Moore y Charlie Adlar.
Los
responsables de The walking dead no
han ocultado su deuda con la película La
noche de los muertos vivientes (The
night of the living dead, 1968), más que modesta producción con la que George
A. Romero, su director, se convirtió en uno de los fundadores del terror moderno.
En ella encontramos, por
vez primera, estos cadáveres andantes y antropófagos.
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| Cartel de "La noche de los muertos vivientes" |
¿Qué
inspiró a Romero y a su coguionista, John A. Russo, este novedoso concepto? La
tentación inevitable, pero equivocada, es la de apuntar a lo que con propiedad
se denomina zombi, es decir, un supuesto
muerto vuelto a la vida mediante magia negra por un hechicero, que pasa así a
controlar su voluntad. Es una tradición folklórica que también ha hallado eco
en el cine, en clásicos como La legión de
los hombres sin alma (White zombie,
Victor Halperin, 1932) o Yo anduve con un
zombie (I walked with a zombie, Jacques
Tourneur, 1943). Sin embargo, poco tiene que ver con el mito del horror moderno
que nos interesa aquí.
De
hecho, el término zombi no aparece en
la película. Sería difícil precisar en qué momento el muerto viviente de George A. Romero fue asimilado al zombi, como la
variante moderna del mismo. Pero, sin duda, la segunda cinta de la saga tuvo mucho
que ver. Romero la dirigió, en 1978, con el título de Dawn of the dead, pero el cineasta Dario Argento, coproductor de la
misma, la rebautizó como Zombi para
su distribución europea, de la que era responsable. Y la película, de muy
discreta repercusión en EE. UU., fue un éxito en nuestro continente.
De Soy leyenda
a La noche de los muertos vivientes
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| Portada de "Soy Leyenda" |
El
propio Romero ha confesado en reiteradas ocasiones que su película está basada
en la novela Soy leyenda (I am Legend) de Richard Matheson, publicada
en 1954, una joya de la literatura fantástica, a caballo entre el terror y la
ciencia ficción. Un hecho curioso: la génesis del zombi moderno (el modern zombie o Romero zombie del que habla la crítica anglosajona) no está en el
zombi clásico del folklore caribeño,
sino en el mito del vampiro.
Aunque
escrita en los años 50, la novela transcurre a finales de los 70. Se centra en
la figura del doctor Robert Neville, quien, atrincherado en su casa, parece ser
el único superviviente de un apocalipsis que ha convertido a los seres humanos
en vampiros, causado por un germen derivado de una guerra bacteriológica. El
relato de la vida de Neville en un mundo postapocalíptico es contrapunteado
por flashbacks
sobre el origen de la epidemia y la muerte de su esposa e hija. La idea de un
apocalipsis o una mutación originada por los avances en el terreno armamentístico
relaciona de forma inequívoca esta obra con la ciencia ficción de los 50 (remito
a nuestro dossier especial sobre la vertiente cinematográfica del género en La Novena Esfera).
Romero,
claro, no podía recurrir a los vampiros para su fantasía postapocalíptica, pues
el resultado habría parecido un plagio de la novela de Matheson. Sin embargo, en
la concepción de su criatura podemos
encontrar una serie de rasgos fundamentales que delatan su génesis vampírica. El primero y más obvio: ambos son cadáveres
andantes. Además, el muerto viviente también vampiriza al humano: en vez de su sangre, se alimenta de su carne y
vísceras. Como la vampírica, la plaga zombi se extiende, precisamente, gracias
a los mordiscos. El vampiro es
ahuyentado con el crucifijo y el ajo, y el muerto viviente, al menos en el film
de Romero, con el fuego. Y como el vampiro, en fin, el muerto viviente también
tiene su talón de Aquiles: al primero se le mata atravesando su corazón con una
estaca; al segundo, destruyendo su cerebro.
De
los rasgos enumerados, el más sugestivo, al tiempo que rentable, es el canibalismo, si puede denominarse así. Rentable,
pues, por una parte, garantiza la ración de sangre y vísceras tan cara al
aficionado al género, y, por otra, contribuye a elevar al zombi moderno a la
categoría de metáfora de la condición humana. Se trata de un rasgo que comparte
con el gul del folklore árabe, un
demonio necrófago que saquea los cementerios para alimentarse de carne humana.
El vocablo inglés para designarlo es ghoul…
el mismo que escogió Romero, en primera instancia, para bautizar a su creación,
antes de decantarse por living dead.
Más
allá de estos rasgos, hay un aspecto interesante de la novela de Matheson decisivo
en la génesis del muerto viviente: un intento de naturalización de la figura del vampiro. El vampirismo deja aquí de
tener un origen sobrenatural, demoníaco, para ser presentado como una
enfermedad producida por un germen, lo que implica una desacralización del mito
que sigue resultando atractiva, ya que pocos años después las películas de la
Hammer revalidarían su estatus de criatura demoníaca. También Romero, en el
montaje estrenado de su película, rehúye la explicación sobrenatural,
limitándose a insinuar que la causa es una radiación procedente de Venus. En
cualquier caso, el origen vírico es recurrente en el cine de zombis de los
últimos años.
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| Vampiros de "El último hombre sobre la Tierra" |
Pero,
además de la novela, hay que tener en cuenta su primera adaptación al cine: El último hombre sobre la Tierra (The last man on Earth, Ubaldo Rabona y
Sidney Salkow, 1964). El guión fue, en primera instancia, obra del propio
Matheson, que acabó firmando con el pseudónimo de Logan Swanson. En una escena
de este irregular pero interesante film el protagonista –interpretado por
Vincent Price– le describe a Ruth los vampiros como seres débiles y sin
intelecto, que se mueven torpemente y como autómatas, siendo su tendencia a ir
en grupo lo que realmente los hace peligrosos. Y así es, en efecto, como la
película visualiza a estas criaturas. Añádase a esto su novedoso look –los rostros muy demacrados, y las
ropas sucias y rasgadas–, y nos encontraremos tan lejos de la representación
del vampiro en las películas de la Hammer, como cerca de La noche de los muertos vivientes. Romero, por cierto, dará un paso
más hacia el verismo al presentar sus cadáveres andantes en distintos estados
de putrefacción.
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| Vincent Price en "El último hombre sobre la Tierra" |
La
película, pues, asume la naturalización
del mito que propone la novela, que se ve reforzada por una fotografía en
blanco y negro que contrasta con el intenso cromatismo de Jack Asher en los
primeros filmes de Terence Fisher para la Hammer. Romero va aún más lejos,
haciendo uso de un estilo radicalmente desglamourizado,
apoyado en la inestabilidad de sus planos y en su granulosa fotografía en
blanco y negro. Es más: el aire amateur
que desprende la película proporciona una sensación de inmediatez que la hace
más inquietante, como sucede en otros títulos fundacionales del terror moderno,
caso de La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, Tobe
Hooper, 1974).
Una
coda final, más allá de las características del muerto viviente. La asociación que
encontramos en la saga de Romero entre esta figura y el tema de la
supervivencia en un mundo apocalíptico, recurrente en los últimos años, también
tiene su origen en Matheson. Pero aquí se produce un importante cambio de
enfoque. La novela de Matheson, muy introspectiva, se centra en la angustiosa
soledad diaria de su protagonista. La saga de Romero, por el contrario, pone el
foco en las dificultades de entendimiento y organización entre los integrantes
de un grupo de supervivientes. Según Romero, la mayor amenaza para un humano es
otro humano, no un zombi. Un tema propicio para ser explorado no en una
película, sino en un relato seriado, de ahí que The walking dead, como novela gráfica o serie televisiva, haya sido
la que mejor ha recogido y desarrollado la herencia de La noche de los muertos vivientes.
La invasión de los muertos vivientes
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| Zombi. "Dawn of the Dead" |
Como no es posible condensar en pocas líneas
la posterior evolución del cine de zombis, señalaré tan solo dos grandes momentos en la misma. El
primero, claro, tras el estreno de las películas de Romero, sobre todo de Zombi (Zombi / Dawn of the Dead,
1978), mucho mejor acogida en Europa que en EE.UU. De ahí que, sin que falten
títulos del otro lado del océano, la primera oleada de películas sobre zombis
sea de procedencia europea, y sobre todo, italiana. Aunque, todo hay que
decirlo, uno de los títulos más destacables de esta etapa es una coproducción
esencialmente española: No profanar el
sueño de los muertos (Non si deve profanare il sonno dei morti, Jordi Grau, 1974).
El segundo gran momento se inicia la
pasada década, y –esta vez sí– en EE.UU. Lo que puede explicar que Romero
pasara de contar con un presupuesto –una vez más– exiguo para su tercera
película de su saga, El día de los
muertos (Day of the dead, 1985),
y uno visiblemente generoso para la siguiente, La tierra de los muertos vivientes (Land of the dead, 2005). Sin duda, el impulso definitivo lo
proporcionaron los éxitos consecutivos de 28
días después (28 days later,
Danny Boyle, 2002) y Amanecer de los
muertos (Dawn of the dead, Zack
Snyder, 2004). Mientras que la película de Boyle está claramente inspirada, y
así lo confesó el cineasta, en La noche
de los muertos vivientes, la de Snyder es un espectacular remake de Zombi, la segunda cinta de Romero sobre el tema, aunque en la misma
la figura del muerto viviente es sometida a revisión. El éxito de la película
de Boyle ha propiciado ya una secuela, 28
semanas después (28 weeks later, Juan
Carlos Fresnadillo, 2007), y posiblemente lleguen más. De España procede una de
las mejores y más exitosas aportaciones, [Rec]
(Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007), con evidentes puntos en contacto con la
cinta de Romero de ese mismo año, El
diario de los muertos (Diary of the
dead, 2007). No faltan acercamientos escorados hacia la comedia, como Zombies party (Shaun of the dead, Edgar Wright, 2004) y Bienvenidos a Zombieland (Zombieland,
Ruben Fleischer, 2009), o que han potenciado el componente crítico de la cinta
de Romero, como El ejército de los
muertos (Homecoming, 2005),
capítulo de Joe Dante para la serie televisiva Maestros del terror (Masters
of horror, 2005-2007).
Títulos que han allanado el terreno para
que los zombis, al fin, se hayan instalado en la televisión en horario de
máxima audiencia, asignatura que todavía tenían pendiente. Lo han hecho con una
serie, The walking dead, deudora de La noche de los muertos vivientes, no
solo en la caracterización del zombi moderno, pasando por alto revisiones del
mito más recientes, sino en la exploración del tema de la supervivencia y de
las siempre complejas relaciones humanas en un contexto postapocalíptico, aquello
de lo que realmente trataban las películas de George A. Romero.






























