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Los muertos vivientes: del cine a la TV

Más de cuatro décadas después de su irrupción en el cine, el muerto viviente ha conquistado el prime time televisivo con The walking dead, una de las series de más éxito en la actualidad. Coincidiendo con el inicio de la tercera temporada, recordamos el origen de este mito del cine de terror moderno. 
Por Moisés Martín Gómez

Cartel de la tercera temporada de "The Walking Dead"
Hace tiempo que asistimos a una fiebre zombi en todos los ámbitos de la cultura popular. Los muertos vivientes, surgidos del cine, han invadido los videojuegos, la televisión e incluso la literatura. Su mayor conquista, seguramente, ha sido acceder al prime time televisivo con The walking dead, la serie impulsada por Frank Darabont a partir de las novelas gráficas escritas por Robert Kirkman e ilustradas, sucesivamente, por Tony Moore y Charlie Adlar.

Los responsables de The walking dead no han ocultado su deuda con la película La noche de los muertos vivientes (The night of the living dead, 1968), más que modesta producción con la que George A. Romero, su director, se convirtió en uno de los fundadores del terror moderno. En ella encontramos, por vez primera, estos cadáveres andantes y antropófagos.

Cartel de "La noche de los muertos vivientes"
¿Qué inspiró a Romero y a su coguionista, John A. Russo, este novedoso concepto? La tentación inevitable, pero equivocada, es la de apuntar a lo que con propiedad se denomina zombi, es decir, un supuesto muerto vuelto a la vida mediante magia negra por un hechicero, que pasa así a controlar su voluntad. Es una tradición folklórica que también ha hallado eco en el cine, en clásicos como La legión de los hombres sin alma (White zombie, Victor Halperin, 1932) o Yo anduve con un zombie (I walked with a zombie, Jacques Tourneur, 1943). Sin embargo, poco tiene que ver con el mito del horror moderno que nos interesa aquí.

De hecho, el término zombi no aparece en la película. Sería difícil precisar en qué momento el muerto viviente de George A. Romero fue asimilado al zombi, como la variante moderna del mismo. Pero, sin duda, la segunda cinta de la saga tuvo mucho que ver. Romero la dirigió, en 1978, con el título de Dawn of the dead, pero el cineasta Dario Argento, coproductor de la misma, la rebautizó como Zombi para su distribución europea, de la que era responsable. Y la película, de muy discreta repercusión en EE. UU., fue un éxito en nuestro continente.

De Soy leyenda a La noche de los muertos vivientes

Portada de "Soy Leyenda"
El propio Romero ha confesado en reiteradas ocasiones que su película está basada en la novela Soy leyenda (I am Legend) de Richard Matheson, publicada en 1954, una joya de la literatura fantástica, a caballo entre el terror y la ciencia ficción. Un hecho curioso: la génesis del zombi moderno (el modern zombie o Romero zombie del que habla la crítica anglosajona) no está en el zombi clásico del folklore caribeño, sino en el mito del vampiro.

Aunque escrita en los años 50, la novela transcurre a finales de los 70. Se centra en la figura del doctor Robert Neville, quien, atrincherado en su casa, parece ser el único superviviente de un apocalipsis que ha convertido a los seres humanos en vampiros, causado por un germen derivado de una guerra bacteriológica. El relato de la vida de Neville en un mundo postapocalíptico es contrapunteado por  flashbacks sobre el origen de la epidemia y la muerte de su esposa e hija. La idea de un apocalipsis o una mutación originada por los avances en el terreno armamentístico relaciona de forma inequívoca esta obra con la ciencia ficción de los 50 (remito a nuestro dossier especial sobre la vertiente cinematográfica del género en La Novena Esfera).

Romero, claro, no podía recurrir a los vampiros para su fantasía postapocalíptica, pues el resultado habría parecido un plagio de la novela de Matheson. Sin embargo, en la concepción de su criatura podemos encontrar una serie de rasgos fundamentales que delatan su génesis vampírica. El primero y más obvio: ambos son cadáveres andantes. Además, el muerto viviente también vampiriza al humano: en vez de su sangre, se alimenta de su carne y vísceras. Como la vampírica, la plaga zombi se extiende, precisamente, gracias a los mordiscos. El vampiro es ahuyentado con el crucifijo y el ajo, y el muerto viviente, al menos en el film de Romero, con el fuego. Y como el vampiro, en fin, el muerto viviente también tiene su talón de Aquiles: al primero se le mata atravesando su corazón con una estaca; al segundo, destruyendo su cerebro.

De los rasgos enumerados, el más sugestivo, al tiempo que rentable, es el canibalismo, si puede denominarse así. Rentable, pues, por una parte, garantiza la ración de sangre y vísceras tan cara al aficionado al género, y, por otra, contribuye a elevar al zombi moderno a la categoría de metáfora de la condición humana. Se trata de un rasgo que comparte con el gul del folklore árabe, un demonio necrófago que saquea los cementerios para alimentarse de carne humana. El vocablo inglés para designarlo es ghoul… el mismo que escogió Romero, en primera instancia, para bautizar a su creación, antes de decantarse por living dead.

Más allá de estos rasgos, hay un aspecto interesante de la novela de Matheson decisivo en la génesis del muerto viviente: un intento de naturalización de la figura del vampiro. El vampirismo deja aquí de tener un origen sobrenatural, demoníaco, para ser presentado como una enfermedad producida por un germen, lo que implica una desacralización del mito que sigue resultando atractiva, ya que pocos años después las películas de la Hammer revalidarían su estatus de criatura demoníaca. También Romero, en el montaje estrenado de su película, rehúye la explicación sobrenatural, limitándose a insinuar que la causa es una radiación procedente de Venus. En cualquier caso, el origen vírico es recurrente en el cine de zombis de los últimos años.

Vampiros de "El último hombre sobre la Tierra"
Pero, además de la novela, hay que tener en cuenta su primera adaptación al cine: El último hombre sobre la Tierra (The last man on Earth, Ubaldo Rabona y Sidney Salkow, 1964). El guión fue, en primera instancia, obra del propio Matheson, que acabó firmando con el pseudónimo de Logan Swanson. En una escena de este irregular pero interesante film el protagonista –interpretado por Vincent Price– le describe a Ruth los vampiros como seres débiles y sin intelecto, que se mueven torpemente y como autómatas, siendo su tendencia a ir en grupo lo que realmente los hace peligrosos. Y así es, en efecto, como la película visualiza a estas criaturas. Añádase a esto su novedoso look –los rostros muy demacrados, y las ropas sucias y rasgadas–, y nos encontraremos tan lejos de la representación del vampiro en las películas de la Hammer, como cerca de La noche de los muertos vivientes. Romero, por cierto, dará un paso más hacia el verismo al presentar sus cadáveres andantes en distintos estados de putrefacción.

Vincent Price en "El último hombre sobre la Tierra"
La película, pues, asume la naturalización del mito que propone la novela, que se ve reforzada por una fotografía en blanco y negro que contrasta con el intenso cromatismo de Jack Asher en los primeros filmes de Terence Fisher para la Hammer. Romero va aún más lejos, haciendo uso de un estilo radicalmente desglamourizado, apoyado en la inestabilidad de sus planos y en su granulosa fotografía en blanco y negro. Es más: el aire amateur que desprende la película proporciona una sensación de inmediatez que la hace más inquietante, como sucede en otros títulos fundacionales del terror moderno, caso de La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hooper, 1974).

Una coda final, más allá de las características del muerto viviente. La asociación que encontramos en la saga de Romero entre esta figura y el tema de la supervivencia en un mundo apocalíptico, recurrente en los últimos años, también tiene su origen en Matheson. Pero aquí se produce un importante cambio de enfoque. La novela de Matheson, muy introspectiva, se centra en la angustiosa soledad diaria de su protagonista. La saga de Romero, por el contrario, pone el foco en las dificultades de entendimiento y organización entre los integrantes de un grupo de supervivientes. Según Romero, la mayor amenaza para un humano es otro humano, no un zombi. Un tema propicio para ser explorado no en una película, sino en un relato seriado, de ahí que The walking dead, como novela gráfica o serie televisiva, haya sido la que mejor ha recogido y desarrollado la herencia de La noche de los muertos vivientes.

La invasión de los muertos vivientes

Zombi. "Dawn of the Dead"
Como no es posible condensar en pocas líneas la posterior evolución del cine de zombis, señalaré tan solo dos grandes momentos en la misma. El primero, claro, tras el estreno de las películas de Romero, sobre todo de Zombi (Zombi / Dawn of the Dead, 1978), mucho mejor acogida en Europa que en EE.UU. De ahí que, sin que falten títulos del otro lado del océano, la primera oleada de películas sobre zombis sea de procedencia europea, y sobre todo, italiana. Aunque, todo hay que decirlo, uno de los títulos más destacables de esta etapa es una coproducción esencialmente española: No profanar el sueño de los muertos (Non si deve profanare il sonno dei morti, Jordi Grau, 1974).

El segundo gran momento se inicia la pasada década, y –esta vez sí– en EE.UU. Lo que puede explicar que Romero pasara de contar con un presupuesto –una vez más– exiguo para su tercera película de su saga, El día de los muertos (Day of the dead, 1985), y uno visiblemente generoso para la siguiente, La tierra de los muertos vivientes (Land of the dead, 2005). Sin duda, el impulso definitivo lo proporcionaron los éxitos consecutivos de 28 días después (28 days later, Danny Boyle, 2002) y Amanecer de los muertos (Dawn of the dead, Zack Snyder, 2004). Mientras que la película de Boyle está claramente inspirada, y así lo confesó el cineasta, en La noche de los muertos vivientes, la de Snyder es un espectacular remake de Zombi, la segunda cinta de Romero sobre el tema, aunque en la misma la figura del muerto viviente es sometida a revisión. El éxito de la película de Boyle ha propiciado ya una secuela, 28 semanas después (28 weeks later, Juan Carlos Fresnadillo, 2007), y posiblemente lleguen más. De España procede una de las mejores y más exitosas aportaciones, [Rec] (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007), con evidentes puntos en contacto con la cinta de Romero de ese mismo año, El diario de los muertos (Diary of the dead, 2007). No faltan acercamientos escorados hacia la comedia, como Zombies party (Shaun of the dead, Edgar Wright, 2004) y Bienvenidos a Zombieland (Zombieland, Ruben Fleischer, 2009), o que han potenciado el componente crítico de la cinta de Romero, como El ejército de los muertos (Homecoming, 2005), capítulo de Joe Dante para la serie televisiva Maestros del terror (Masters of horror, 2005-2007).

Títulos que han allanado el terreno para que los zombis, al fin, se hayan instalado en la televisión en horario de máxima audiencia, asignatura que todavía tenían pendiente. Lo han hecho con una serie, The walking dead, deudora de La noche de los muertos vivientes, no solo en la caracterización del zombi moderno, pasando por alto revisiones del mito más recientes, sino en la exploración del tema de la supervivencia y de las siempre complejas relaciones humanas en un contexto postapocalíptico, aquello de lo que realmente trataban las películas de George A. Romero. 

Los Borgia: la gran apuesta de Showtime

Traición, asesinato, intriga, poder, sexo... Con estas premisas poca gente podría pensar que estamos hablando de una serie que cuenta la vida de un Papa de la iglesia católica, pero este es el caso. Rodrigo Borgia o Alejandro VI como se hizo llamar tras su designación como sucesor de Pedro. Por Gonzalo Rodríguez

La serie arranca con la muerte de Inocencio VIII y el comienzo de una serie de artimañas por parte de la familia Borgia para conseguir que Rodrigo sea proclamado como Santo Padre. Su problema es que dicha familia (de orígenes valencianos) no goza del afecto del pueblo italiano cosa que queda reflejada desde el primer momento, viéndose en la necesidad de emplear la extorsión y el soborno para la consecución de sus fines.

La primera temporada se centra en la lucha por parte de Alejandro VI y su familia para asentar su condición de Papa de la Iglesia en los territorios más próximos a él, luchando por obtener el mayor número de alianzas posibles. A pesar de sus estratagemas la posición se verá comprometida como consecuencia de los movimientos de sus detractores que harán todo lo posible para apartarlos del poder. La situación se verá más insostenible como consecuencia de la irrupción del ejército francés y la guerra consiguiente.

SHOWTIME Y LOS BORGIA

La serie es una producción de Showtime, Cadena de televisión por cable americana que cuenta con más de treinta años de vida, y que está viviendo en la actualidad un gran momento debido a la calidad de la mayoría de sus productos a lo cual le acompañan buenos datos de audiencia y critica. Podemos destacar entre sus series Dexter, Shameless, Nurse Jackie, Californication, Weeds, Los Tudors o la propia Los Borgia.

Actualmente la serie cuenta con dos temporadas completas y una renovación para una tercera debido sobre todo a las buenas críticas obtenidas. Por lo que respecta a la audiencia esta ha ido tambaleándose a lo largo de la emisión de la serie ya que a pesar de que fue estrenada con el mayor éxito de público de los últimos siete años en la cadena, el número de espectadores fue descendiendo con el trascurso de los episodios hasta estancarse en medio millón de seguidores, lo cual no es un mal dato para una cadena de pago, pero queda muy lejos de los inicios prometedores.

CREADOR Y REPARTO

Neil Jordan es el creador de esta serie. Director Irlandés al que le debemos títulos como Juego de Lagrimas (que le otorgaría su único Oscar) Entrevista con el Vampiro, Michael Collins, El Fin del Romance, La Extraña que Hay en Ti, y que ha asumido el mando de dirigir algunos capítulos de la serie.

Como protagonista indiscutible de la misma y encarnando a la figura de Rodrigo Borgia nos encontramos al ingles Jeremy Irons un actor de carácter y muy prolífico, de cuya filmografía podemos destacar títulos como La misión, Inseparables, Jungla de Cristal: la Venganza, El Hombre de la Máscara de Hierro, Appaloosa o El Misterio de Bon Bulow cuya interpretación le hizo merecedor del Oscar al mejor actor.

Junto a él nos encontramos otras figuras destacables como son Colm Feore (en la serie interpretando el papel de Giuliano Della Rovere) cuya carrera se ha encauzado principalmente en la realización de papeles secundarios para la gran pantalla y películas para la televisión. No obstante ha participado en grandes producciones como Cara a cara, Thor, Las Crónicas de Riddick, El intercambio, Paycheck, Chicago o Pánico Nuclear entre otras muchas.

El cardenal Verssuci interpretado por el actor francés Vernon Dobtcheff que ha participado en películas como Indiana Jones y la Última Cruzada, El Nombre de la Rosa, Antes del Atardecer, 007 la espía que me amo y así hasta alcanzar los más de 300 títulos en su filmografía.

Podemos destacar así mismo la figura de Joanne Whalley, en la serie Vanozza Cattaneo madre de los hijos de Rodrigo de Borgia la cual queda relegada a un segundo plano con el ascenso de este como Papa, situación que le costara encajar. Los amantes del cine de aventuras y fantasía la recordaran por su papel en Willow.

Acompañando a estos actores de peso nos encontramos con figuras emergentes como François Arnaud, que interpreta en la serie a Cesar Borgia, segundo hijo de Rodrigo al cual se le encamino hacia la vida eclesiástica, alcanzando grandes cotas dentro de la misma, a pesar del manifiesto rechazo de este por dicha condición.


David Oakes (Juan Borgia) actor que parece estar cogiendo el gusto a los papeles de época ya que es uno de los protagonistas de la mini serie "Los pilares de la tierra". Se dice que fue el hijo más querido por Alejandro VI, así como una persona arrogante y vanidosa que terminaría convirtiéndose en Duque de Gandía.

Junto a ellos Holliday Grainger (Lucrecia Borgia) actriz con bastante recorrido cuya carrera se ha desarrollado principalmente en Inglaterra. A pesar de su juventud ya ha participado en numerosas producciones, sobre todo en series de televisión. Lucrezia fue la tercera hija natural de Rodrigo y pese a que aparentaba tener un carácter noble y sensible guardaba en su interior una gran ambición y carácter dominador.





CONCLUSIÓN

Buenos actores, buen guion, una gran recreación tanto por parte de los escenarios como vestuario hacen de Los Borgias una serie a tener en cuenta sobre todo para los amantes de las series de época e invito a todos a darle al menos una oportunidad.

¿Quieres saber más sobre los Borgia? Escúchalo en La Novena Esfera 3x01 >>

Dossier especial: El cine de Ciencia Ficción

Mientras los aficionados a la ciencia ficción suelen reconocer sin especiales problemas una película catalogable en dicho género, lo que hacen de forma intuitiva, los estudiosos del cine sigue preguntándose cómo delimitar y definir el mismo. Dejémosles a ellos tan ardua labor. Hay que notar, sin embargo, que este hecho es un síntoma de la flexibilidad y dinamismo del género del que vamos a tratar en las líneas que siguen. Por Moisés Martín Gómez





Su bautismo, en su vertiente literaria, se lo debemos a Hugo Gernsback, quien, en una primera instancia, lo denomina “scientifiction” (en las páginas de Amazing Stories, revista creada en 1926), y poco después “science fiction” (en la revista Science Wonders Stories, que creó en 1929), nombre que empieza a expandirse pronto.

Uno de los rasgos que creadores y aficionados a la ciencia ficción suelen destacar como distintivo es su carácter especulativo y/o anticipatorio, vinculable a una conciencia de progreso científico y tecnológico. Teniendo en cuenta este aspecto, el nacimiento de la ciencia ficción como género literario, anterior al cine, no debería situarse antes del siglo XIX, centuria de la llamada Revolución industrial y de importantes avances en el terreno científico.

Esquematizar las posibilidades temáticas del cine de ciencia ficción resulta difícil. Un estudioso como J. P. Telotte habla de tres campos temáticos o “grandes fascinaciones del género”. La primera, el encuentro con seres extraterrestres, otros mundos e incluso otros tiempos. Los ejemplos están en la mente de cualquier lector. Una segunda la constituirían las repercusiones en la sociedad y el ser humano de los avances científicos y tecnológicos, campo en el que este estudioso incluye el tema sociedades futuristas, y, en general, las utopías y distopías. Y la tercera, lo que denomina las versiones sustitutivas del yo: robots, cyborgs y humanoides varios.

La ciencia ficción es un género que suele englobarse bajo la etiqueta general de cine fantástico, en cuyo marco presenta –otro síntoma de su flexibilidad– un especial parentesco, sobre todo, con el cine de terror, como sucede con alguno de los títulos que se mencionarán a continuación.

Orígenes de la ciencia ficción cinematográfica: los años silentes

El origen de la ciencia ficción como género cinematográfico se remonta, prácticamente, al origen del propio cine.


Suele considerarse precursor al francés Georges Méliès. En su obra más célebre, El viaje a la Luna (Le voyage dans la lune, 1902), aprovechó el potencial espectacular del nuevo medio para materializar un viejo sueño del hombre, que en literatura ya había inspirado a Jules Verne y H. G. Wells. Con esta breve pieza se inauguraba una concepción de un cine-espectáculo basado en efectos especiales que continúa vigente. La imagen del ojo del satélite atravesado por un cohete ha quedado como una de las más famosas de la historia del cine.

Años después llegaría otro viaje lunar más elaborado: La mujer en la Luna (Fraud im Mond, 1929), última película silente de Fritz Lang, basada en una novela de Thea von Harbou. No se encuentra entre las obras más recordadas de esta etapa del cineasta alemán, aunque no carece de interés, y desde luego es fundamental para trazar la evolución del género. Entre los personajes hay un niño, inesperado polizonte en el viaje lunar, que devora cómics con títulos tan llamativos como Los piratas de Neptuno o Vampiros de la Luna, detalle con el que Lang parece querer contextualizar la película en el marco de una fascinación popular por las exploraciones espaciales.

Durante su primera parte, que contiene elementos de thriller e incluso folletinescos, la película se centra en las circunstancias y preparativos del viaje. Más sorprendente resulta, visto hoy, el viaje a la Luna, la parte de carácter verdaderamente anticipatorio del film. Nos limitaremos a avisar al potencial espectador de que Lang contó con el asesoramiento de varios colaboradores que habían desempeñado un puesto en el programa de investigación del gobierno alemán para la construcción de cohetes, entre ellos Hermann Oberth, prestigioso físico alemán considerado como uno de los fundadores de la astronáutica. 


En el tercer tramo del film, la estancia en la Luna, la dimensión anticipatoria cede terreno a lo puramente fantástico: allí se puede ir sin escafandra porque el aire es respirable, funciona la ley de la gravedad, para encontrar agua –que mana del suelo a borbotones– basta con una varilla de Zahorí, y sus montañas albergan ingentes cantidades de oro. Hay que añadir, finalmente, que Lang fue el creador con esta película de la “cuenta atrás” en las escenas de despegue de cohetes, idea que posteriormente se ha copiado hasta la saciedad.

Pocos años antes del film de Lang, la producción soviética Aelita (Yakov Protazanov, 1924) ya había visualizado un viaje espacial, en esa ocasión a Marte, si bien resultaba no ser un viaje real, sino producto de la imaginación de su atribulado protagonista. Allí él y sus acompañantes encuentran una sociedad en la que los obreros viven esclavizados por la élite, de cuya sublevación serán testigos y partícipes. Hay que destacar la estilización de la escenografía, de regusto art decó, que contrasta con la parte realista de la película.

Y es que en Aelita, además del viaje espacial, encontramos otro tema emblemático del género: la distopía. En este sentido, puede considerarse un antecedente de Metrópolis (1927), también del tándem formado por Fritz Lang y su esposa, la novelista y guionista Thea Von Harbou. Restaurada en su versión completa hace dos años, esta espectacular superproducción de la poderosa UFA es la gran película de ciencia ficción del cine silente. En Metrópolis la distopía alcanza su formulación más característica: no como sociedad de otro planeta, sino como sociedad del futuro.

En esta ciudad encontramos tres niveles espaciales. En la superficie, la gran urbe propiamente dicha, saturada de rascacielos, vehículos y anuncios luminosos, claramente inspirada en Nueva York, en la que los vástagos de la élite viven en la opulencia y se solazan en lujosos jardines. Debajo, la ciudad subterránea, en la que los obreros viven esclavizados para mantener siempre en funcionamiento la compleja maquinaria que dota de energía a la superficie. Hay un tercer nivel, desconocido por los poderosos: las milenarias catacumbas en las que los obreros –como los primitivos cristianos– se reúnen para escuchar las prédicas de la joven María, quien les habla de la llegada inminente de un mediador –entre ellos y los ricos– con el que cambiará su opresiva situación. 

Es precisamente la interferencia del mundo subterráneo en el mundo de los poderosos el desencadenante del conflicto: una fugaz aparición de María en los Jardines Eternos hace que Freder, hijo de “Joh” Fredersen, el amo de la ciudad, se enamore de ella. La pactista resolución de la problemática social que plantea la película es más que discutible. Pero quedan para el recuerdo el ritmo y poderío visual de Lang, la impresionante escenografía vanguardista de la ciudad, y el primer robot emblemático de la ciencia ficción cinematográfica: Futura, el robot hembra al que su creador, el científico Rotwag, siguiendo órdenes de Fredersen, dota de los rasgos de María con el objeto de convulsionar el mundo obrero.

Años 50: invasiones y mutaciones
           
A pesar de tan prometedor arranque, hay que esperar hasta los años 50 para que se produzca la verdadera eclosión de la ciencia ficción como género cinematográfico. Sucede en el marco de la cinematografía estadounidense, durante los últimos años de ese periodo que se conoce como clasicismo. Sin embargo, para los estudios de Hollywood la ciencia ficción es un género menor, de ahí que en la mayoría de los casos nos encontremos ante producciones de serie B, películas de moderados presupuestos y no excesivas ambiciones comerciales ni artísticas, lo que no quiere decir que algunas de esas películas no acabaran siendo verdaderas joyas cinematográficas gracias al talento de sus artífices, como vamos a ver.

El mayor interés que quizás posea el cine de ciencia ficción de esta época para nosotros, si atendemos a la lectura sociológica que viene haciéndose del mismo, reside en su funcionamiento como catalizador de dos terrores bien arraigados en el americano medio, vinculados con la Guerra Fría: la amenaza de una invasión –sobre todo, por parte del peligro rojo– y los efectos de la energía atómica.

Vayamos por partes. En los años 50 se produce, en efecto, un boom de las invasiones extraterrestres en la gran pantalla. El pistoletazo de salida lo da El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, 1951), producida nada menos que por Howard Hawks y dirigida por Christian Nyby, montador de algunas de sus mejores películas. En este filme, un grupo de militares y científicos aislados en el Polo Norte se enfrentan a un extraterrestre cuya fisionomía presenta cierta apariencia humana, pero que procede –presumiblemente– de un planeta en que la vida inteligente se ha originado a partir de la vida vegetal en vez de la animal. Esta “planta humana”, como la llaman en cierto momento, se reproduce mediante esporas. Ante este sorprendente hallazgo, el científico, con la mirada perdida, apostilla: sin dolor ni placer, sin emociones ni corazón. Y concluye: “our superior in every way”. Es realmente esta capacidad para no sentir, y no su tamaño o cualquier otra consideración, lo que lo hace tan peligroso. ¿No era esta carencia de emociones uno de los supuestos rasgos característicos de todo comunista, según la retórica oficiosa de la Guerra Fría?

Ciertamente, los invasores de otros planetas solían acercarse a la Tierra en llamativos platillos volantes y con apariencia inequívocamente alienígena, como sucedía en La guerra de los mundos (The war of the worlds, Byron Haskin, 1953), pero podían hacerlo también empleando unas estrategias alternativas que parecían pedir bien a las claras una lectura política

Así sucede en la modesta pero estupenda La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956), primera y mejor de las cuatro versiones que ha conocido la novela de Jack Finney en que se basa. Una pequeña población es silenciosamente invadida mediante un curioso procedimiento de duplicación: unas vainas de procedencia alienígena crean duplicados de los seres humanos mientras estos duermen. Terminado el proceso, la víctima se desintegra y su duplicado pasa a ocupar su lugar, pues su apariencia es idéntica al original, e incluso conserva sus recuerdos. Pero no su personalidad, claro.


Cuando los duplicados de sus amigos intentan convencer al protagonista –inolvidable Kevin McCarthy– de que se someta voluntariamente a la conversión, le prometen una vida simple y un mundo sin problemas, es decir, sin amor, emoción o pasión alguna, sin ambiciones personales, un mundo en el que todos son iguales, regido solo por el instinto de supervivencia. Imposible no ver una relación con la idea arraigada en el imaginario colectivo estadounidense de la época de lo que era una sociedad comunista: una sociedad autoproclamada igualitaria, pero profundamente totalitaria y alienada, en la que el valor de lo colectivo ahoga cualquier atisbo de individualidad. Lo cierto es que la película se ha interpretado en dos sentidos opuestos: como metáfora del comunismo, pero también como metáfora de la contemporánea caza de brujas auspiciada por el infame senador Joseph McCarthy. En cualquier caso, este inolvidable film, en que terror y ciencia ficción se funden una vez más, inquieta y desasosiega no tanto a partir de la idea de una invasión como de otra más terrorífica: la alienación. 

En una línea similar, El pueblo de los malditos (Village of the Damned, Wolf Rilla, 1960), otra memorable producción de serie B, presenta una variante de invasión alienígena sumamente interesante. De forma súbita e inexplicable, los habitantes de una pequeña localidad inglesa pierden el conocimiento durante varias horas. Un tiempo después, las mujeres en edad fértil se descubren embarazadas. El resultado del parto: niños alienígenas de apariencia albina, ojos refulgentes y gran poder mental, carentes de sentimiento e individualidad, cuyo objetivo es la colonización del planeta, y dispuestos a eliminar a quien se interponga en su camino.

Resulta curioso comprobar cómo el mismo año de El enigma de otro mundo, se plantea en Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951), otro clásico del género, una visita alienígena en términos bien diferentes. En principio, la llegada de un ovni a Washington y la posterior fuga del extraterrestre con forma humana que lo tripula, que responde al nombre de Klaatu, siembra el pánico entre la población. La dueña de la pensión que, sin saberlo, ha acogido a Klaatu oculto bajo el nombre de Carpenter, afirma que esa nave no proviene del espacio exterior, sino de un lugar de la Tierra, y añade mirando inquisitivamente a sus interlocutores: “and you know what I mean”. En efecto, es fácil saber qué quiere decir esta buena señora. Esta observación no puede sino mover a sonrisa al espectador familiarizado con la recurrente lectura que relaciona la moda de las invasiones alienígenas con la amenaza del comunismo. 


Lo cierto es que el sentido de esta película también tiene relación con la Guerra Fría, aunque de otra manera: el objetivo de Klaatu, que sí ha venido del espacio, no es invadir el planeta, sino advertir a la humanidad del peligro que supone para la Tierra y para los otros planetas el incipiente empleo de la energía atómica en una época de tantas tensiones políticas. Sin embargo, pese al éxito de esta película, el cine de ciencia ficción posterior seguirá el camino abierto ese mismo año por El enigma de otro mundo, y la posibilidad de un encuentro pacífico entre humanos y alienígenas no cuajará hasta la llegada al mundo del celuloide de Steven Spielberg.

En la película de Robert Wise encontramos el otro gran tema que estimuló la imaginación de los escritores y guionistas de la época: la energía atómica. El cine de ciencia ficción nos mostró cómo la exposición a la misma podía producir terribles mutaciones. En la memorable La humanidad en peligro (Them!, Gordon Douglas, 1954), las pruebas realizadas por el ejército estadounidense en una zona desértica tienen como consecuencia la mutación de las hormigas, que alcanzan dimensiones gigantescas y se convierten en una amenaza para las personas. Pero la energía atómica puede producir igualmente mutaciones en el ser humano, como sucede al protagonista de El increíble hombre menguante (The incredible shrinking man, Jack Arnold, 1957), pues la exposición a la radioactividad se revelará la causa de su encogimiento progresivo, que hará que una vulgar araña constituya para él una amenaza gigantesca y letal.

Pero en esta época también hay lugar para planteamientos alternativos. Uno de los grandes clásicos del género, Planeta prohibido (Forbidden Planet, Fred McLeod Wilcox, 1956), proponía una libre adaptación de The tempest de William Shakespeare, pero ambientada en el futuro, y en un ignoto planeta del espacio exterior en vez de en una isla desierta. Además, si en el drama shakesperiano las fuerzas malignas desatadas por Prospero en la isla son producto de la hechicería, el monstruo invisible de la película no es sino una creación involuntaria del inconsciente del profesor Morbius, cuya capacidad mental ha aumentado tras acceder a los conocimientos de la raza –ya extinta– que poblaba el planeta. Vista hoy, llama especial atención su entonces anómala y precursora banda sonora a base de tonos electrónicos.

En el cine de ciencia ficción el viaje, como vía de acceso a la aventura y a lo desconocido, constituye el dispositivo argumental de muchas películas. Por ello concluiremos el repaso a esta etapa del género recordando tres viajes de cine


En primer lugar, un viaje en el tiempo que ha encandilado a varias generaciones: El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960). En segundo lugar, el viaje de un equipo humano miniaturizado a través del cuerpo humano –nada menos– que incluye paradas en el corazón, pulmones y, finalmente, en el cerebro, en Viaje alucinante (Fantastic voyage, Richard Fleischer, 1966). En tercer lugar, el viaje acuático de 20.000 leguas de viaje submarino (20.000 leagues under the sea, Richard Fleischer, 1954). Por cierto, que esta producción de Walt Disney protagonizada por Kirk Douglas está lejos de ser una película de serie B. Claro, que también suele ser considerada como un filme de aventuras antes que de ciencia ficción. Quizás una de las razones estribe en que el submarino, una quimera cuando Jules Verne escribe la novela, es ya una realidad consolidada para el público tras la II Guerra Mundial.

En cualquier caso, no será hasta finales de los 60 cuando una conocida película rescate definitivamente el cine de ciencia ficción de su condición de género marginal, como se verá en la siguiente entrega de este repaso al género.